La Trampa de la Innovación Popular

La Trampa de la “Innovación Popular”
José J. Contreras – josejcontreras@gmail.com
24 de Noviembre de 2007

¿Por qué necesitamos colocarle el adjetivo de “popular” a algo que es inherentemente popular?. En la zona andina venezolana es común escuchar a la gente decir que “hizo una trampa” cuando se refieren a que arreglaron algo o inventaron algún mecanismo que les ayuda a atender alguna necesidad. “Papá le hizo una trampa al carro y lo prendió” dice el niño cuando el padre logra arreglar el carro. “Ese molino funciona con trampa” decimos también para indicar que algún mecanismo inventado por algún coterraneo hizo funcionar el molino. Es así como con la frase “hacer una trampa”, indicamos los andinos venezolanos lo que en otro argot llamamos “innovar”.
La pregunta que surge a continuación es por qué en ciertos ámbitos no decimos directamente “hacer una trampa” sino que utilizamos esa jerga tan extraña a nuestro pueblo que habla de “innovación”. Además le agregamos ese adjetivo enajenador de “popular” el cual tiene esa carga de desprecio, salvajismo, pobreza. No sólo eso ¿por qué se hace necesario hablar y promocionar a la fulana “innovación popular” cuando, como sabemos, “hacer la trampa” es algo que le es tan propio a nuestro pueblo? ¿Se trata simplemente de utilizar una expresión que sea más pluricultural o más bien nos encontramos con una problemática más profunda?

¿Será acaso que aquel quién dice “innovación popular” no es, o no se considera, pueblo? Alto, ¿quién dice “innovación popular”? Pues bien, que curioso, quien dice “innovación popular” es, casi siempre, gente ligada a la universidad, a la que mientan la “Academia”. Como “innovación popular” mientan a esos inventos del pueblo que no ameritaron de un aparataje matemático ni de los miles de millones de bolívares invertidos en dispositivos “Made in Germany” para la experimentación. Mientan “innovación popular” a eso que ellos consideran “inventicos” de menor calidad. Incluso se atreven a suponer que esos “tecnólogos populares” -como ellos llaman a los “tramperos”- serían mucho mejores inventores si hubieran estudiado en la universidad.

No se dan cuenta esos -¿cómo es que se llaman?- esos… “Académicos” que su quehacer responde a referencias neocoloniales según las cuales no debemos inventar, no debemos crear, no debemos -¡es más no podemos!- hacer nada más y nada menos que comprar y comprar y comprar los productos de las metrópolis. No se dan cuenta estos “académicos” que su función se limita a la de ser meros “actualizadores” que sirven como vendedores de las “tecnologías emergentes” de esas otras gentes. No se dan cuenta, en fin, que en su quehacer no hay posibilidades de innovar ni de inventar porque les está negado desde su condición de “agentes actualizadores en las neocolonias”.

En consecuencia, se han extrañado del pueblo. Son ajenos a éste. Son más de allá que de acá. Y por ello no son, ni pueden ser, “tramperos”. Por ello aunque se sorprenden en ver que esa gente “sin estudios” tienen tanta inventiva, reconocen que ellos mismos no inventan nada, nada de nada, aunque las metrópolis les hallan otorgados los hipertítulos de sus universidades.
En fin, la “trampa” de los programas de promoción de la “innovación popular” es que tras esa supuesta búsqueda por apoyar y promover la innovación en el pueblo lo que hacen es profundizar la visión de que inventar, innovar, o simplemente, “hacer la trampa” es una extrañeza que no es propia de nuestro pueblo. Recalcan aquel infeliz regaño de nuestros abuelos: “¡Fulanito deja de estar inventando!”.

Llama la atención, sí, cómo el pueblo encuentra caminos de resistencia en su búsqueda por liberarse de la “colonia”. El pueblo llama “trampa” al invento, y no lo llama “invento”, porque desde sus entrañas sabe que le es ilícito inventar. El pueblo llama “trampa” al invento porque desde sus entrañas sabe que no debe inventar. El pueblo llama “trampa” al invento porque desde sus entrañas sabe que el día que deje de “trampear” dejará de ser pueblo.

El “hacer la trampa atiende a una necesidad”, decíamos al principio. La necesidad a la que atienden los neocolonizadores es “ser como los otros”, es decir, “ser como las metrópolis de Europa o Norteamérica”. La necesidad popular surge de las vivencias propias y de la historia común que le permite entender lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, lo bello y lo feo, lo armónico y lo desconcertante desde la cultura que le es propia. La “trampa” le permite inventar para hacer que lo malo se trastoque en bueno, lo injusto en justo, lo feo en bello y lo desconcertante entré en la armonía infinita de lo que nos es más propio como pueblo.

¿Por qué no le hacemos una trampa a la innovación popular?

La Trampa de la Innovación Popular