Agradecimiento a Rigoberto Lanz

Quisiera intentar unas breves palabras de agradecimiento al camarada Rigoberto Lanz.

Con Rigoberto Lanz vivimos, según mi opinión, el intento actual más importante de teoría crítica sobre qué ciencia, qué tecnología y qué gestión pública nos sería la más propia a la Revolución Bolivariana. Su propuesta pretendía ir más allá del marxismo. No porque lo dejase atrás, sino porque lo incorporaba en sus bases para trascender a ese otro espacio en el que aparecen Marx, Lenin, Engels y tantos otros, como unos queridos camaradas de visión eurocéntrica. Nos tocaba a nosotros entonces la dura tarea de trascenderlos para sembrar las condiciones que posibiliten ese claro en el que la complejidad postmoderna supere la simplicidad moderna. Se trataba, nada más y nada menos, de emprender el camino robinsoniano porque ahora sí nos era posible.

En 2006, decía Lanz en un ensayo intitulado “Ciencia sin Conciencia”:

“El paradigma de la simplicidad está en la base de esta enfermedad del espíritu. Los dogmas metodológicos, los rituales académicos repetidos durante siglos, el peso enorme de un sentido común férreamente instalado en la cultura dominante, y sobre manera, la funcionalidad de esta mentalidad con la reproducción de las formas de poder predominantes en la sociedad, son los condicionantes que pueden explicar la impunidad con la que viene operando este viejo paradigma durante todo el trayecto de la Modernidad. Aquí nada es inocente. Cada palabra, cada gesto, cada aparato, cada práctica, están todos alineados con la racionalidad dominante, con la lógica del poder, con las ideas y creencias que prevalecen en estos tiempos” (p. 23).

Más adelante nos decía:

“… Esa inercia… ha de ser vencida para abrirle cauce a otros modos de pensar… que son también otros modos de vivir. En ese camino se está jugando una de las más caras apuestas de lo que ha de ser más adelante ‘una comunidad de hombres libres’ (como lo soñaba el viejo Marx)” (p. 25).

Y esta tarea debía ser abordada por una revolución triunfante desde el Estado (cosa de por sí contradictoria):

“Toca al Estado traducir una nueva visión de la ciencia y la tecnología en política pública, en asunto de todos los ciudadanos. Es en la cultura democrática donde se validan las estrategias y líneas de acción. La ciencia ha sido siempre cómplice del poder. Toca ahora una torsión histórica en la que se ponga al servicio de la gente no sólo en la utilización práctica, sino en la propia concepción que le da sentido. Esa es la novedad de estos nuevos tiempos. Concluye un modo de producir el conocimiento y aparece otro. Usted lo toma o lo deja” (“Repensar la Técnica”, p. 31).

Y además:

“Un nuevo paradigma para las ciencias y las técnicas demanda un esfuerzo sostenido de implantación de los nuevos tejidos institucionales que concuerden con los sentidos más profundos de una revolución cultural de esta envergadura. Allí no hay línea recta ni causalismos. Nadie tiene por allí guardado algún modelo de gestión que asegure esta consistencia. Se trata más bien de una búsqueda colectiva donde se pone a prueba una experiencia histórica de gran valor acumulada por civilizaciones enteras que han confrontado en su momento los mismos problemas de articulación entre la producción, la enseñanza y la gestión del conocimiento” (“Misión Ciencia: lo que dicen que digo”, p. 53).

¿Cómo lo hacemos? Pues la verdad es que no sabemos y sin embargo podríamos adelantar algunos asuntos fundamentales:

“La clave está en el progresivo empoderamiento de las comunidades de cara a los manejos de sus asuntos. No se trata de ‘llevar’ la ciencia al seno del pueblo sino de generar un proceso de apropiación crítica de todos los saberes en donde los conocimientos técnicos se confrontan con otros criterios de pertinencia, donde las experticias son interpeladas desde otros imperativos éticos y valoradas en razón de su capacidad de articulación con las necesidades de la gente…” (“Misión Ciencia: ¿Cuál es la diferencia?”; p. 57).

Ese pensamiento, su creencia en las posibilidades y potencialidades de la Revolución Bolivariana, la dominación del paradigma de la simplicidad en nuestras universidades y, sobre manera, en los medios de comunicación lo hicieron blanco constante de las miserias típicas de la canalla. Incluso después de muerto.

El 7 de octubre de 2011 lo ví por última vez. Estuvimos en la Escuela de Formación Algimiro Gabaldón en Los Colorados – Valencia. Compartimos una velada de discusión revolucionaria y junto a los camaradas Franco Díaz y Jesús Puerta le dedicamos un libro editado por Cenditel. “La Misión Ciencia en Retrospectiva” se llama, y está disponible para descarga aquí.

La verdad es que escuchamos poco a Rigoberto, muy poco. Le editamos y publicamos libros, le financiamos unos cuántos buenos eventos. Hubo uno en homenaje a Varsavsky sin parangón y otro en homenaje a Morin que no se le quedó atrás. No descansó en sus intentos por promover el debate. No descasó en sus intentos por sacudir epistemológicamente la institucionalidad. Tan poco descansó, que hace apenas un mes, el 14 de marzo, intentó asistir al homenaje al legado del Comandante Hugo Chávez que realizó el Centro Internacional Miranda… No pudo.

Es también importante destacar para los más jóvenes que a Rigoberto hay que estudiarlo no sólo en su discurso escrito sino también en su discurso oral. En la web, quedaron registrados varios de sus discursos. Seguramente saldrán otros. Hay uno en particular que se puede encontrar en este enlace  en el que Rigoberto culmina diciendo:

“La pedagogía política que más quiero resaltar en esta experiencia es que en efecto el debate es posible. El debate es esencial para la propia idea de revolución y sin ese debate, no solamente es que el cultivo del espíritu se puede marchitar, no solamente es que las ideas de los intelectuales que andan sin espacio y sin tribuna para decirlo así ‘se van a sentir deprimidos’. Es que, ¡peor que eso!, es que en efecto si no hay debate de ideas en la revolución, la revolución ella misma se marchita y es una falacia de revolución”.

Si no hay debate de ideas en la revolución, la revolución ella misma se marchita y es una falacia de revolución. Coño, ¡que “si no hay debate de ideas en la revolución, la revolución ella misma se marchita y es una falacia de revolución”!.

Ojalá podamos emprender su legado.

¡Agradecidos Rigoberto, agradecidos de la vida!

JJ Contreras

Nota: los ensayos citados se encuentran en el libro “Debate Abierto sobre Misión Ciencia. Tomo I/ En Red”. Editado en Caracas por el Ministerio de Ciencia y Tecnología. Año 2006.

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